La Rioja, Jueves 17 de Agosto de 2017

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Benavidez

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Nazario Benavides gobernó San Juan por dos décadas, entre el 26 de febrero de 1836 y el 13 de diciembre de 1855 (además de un breve período en 1857) por reelecciones sucesivas, pero no hay monumento que lo recuerde: por mucho menos hay ignotos desconocidos que lucen su rostro en bronce bajo el sol de las plazas.
Era hijo legítimo del sanjuanino Pedro Benavides y de Paulina Balmaceda, hija de españoles. Don Pedro era un humilde afincado del Pueblo Viejo (actual Concepción, en las proximidades de la ahora plaza Juan Jufré), donde tenía casa, viña y potrero con doce mulas, entre otros animales. El inventario de bienes surge de una contribución forzosa aplicada por el gobernador de Cuyo, José de San Martín, a los americanos y españoles disidentes, entre los que estaba don Pedro.
Nazario tenía tres hermanos varones (con quienes aprendió a leer en la Escuela del Rey) y una hermana mujer (como se estilaba, creció en el aprendizaje de las labores del hogar). Los hombres de la familia se templaron en el trabajo rudo de la arriería (de allí las doce mulas), tarea que le aportó al futuro caudillo el conocimiento fino de la travesía.
A los 27 años se incorporó al ejército, donde alcanzaría el grado de Brigadier General de la Confederación Argentina, y a los 31, el 25 de octubre de 1833, se casó con Telésfora Borrego Cano, quien desde entonces acompañó a su marido con una pasión y entrega dignos de las novelas románticas. Padrino y testigo de la boda fue su superior, nada menos que el brigadier general Juan Facundo Quiroga. Nazario y Telésfora tuvieron 11 hijos.
Habiendo ganado la confianza de los líderes por su arrojo en el campo de batalla y su inteligencia en el de las ideas, la Sala de Representantes lo nombró gobernador de San Juan en 1836, en reemplazo del débil Luciano Fernández. Era una época difícil, de todos contra todos: la provincia había sido ocupada por el voraz general riojano Brizuela, contra quien Fernández tenía poco y nada que hacer.
El conflicto había comenzado cuando el anterior gobernador de San Juan, José Martín Yanzón, tuvo la poco feliz idea de ocupar por la fuerza La Rioja. Finalmente fue vencido por Brizuela, quien no satisfecho de haber terminado con la amenaza asoló San Juan en represalia. Ante lo extremo de la situación, el mismo Rosas se inclinó a favor de Benavides para que tomara las riendas de San Juan, ante lo cual Brizuela no tuvo más remedio que deponer su actitud y desandar camino.
Desde entonces Benavides logró encauzar la armonía en la provincia, poniéndola a resguardo de los sangrientos vaivenes políticos que asolaban a diario a la Confederación, yendo de la tiranía a la anarquía como un bote sin timón. El "salvaje unitario" Sarmiento, por entonces instalado en San Juan, hizo una oposición lúcida y aguda al "bárbaro federal" Benavides desde su periódico "El Zonda"; sin embargo, a pesar de las ideologías irreconciliables que defendían, ambos se entendieron siempre en el terreno de las palabras. Es más: Benavides desoyó la presión de Rosas para que fusilase a Sarmiento, permitiéndole al futuro presidente exiliarse en Chile y salvar así el pellejo. En "Recuerdos de provincia", el "Maestro de América" escribió: "Benavides es un hombre frío; a eso debe San Juan haber sido menos ajado que otros pueblos. Tiene un excelente corazón, es tolerante, la envidia hace poca mella en su espíritu, es paciente y tenaz".

Triste y solitario final
Luego de concluir un último y aislado mes de gobierno en 1857, Benavides se dedicó por completo a la actividad militar, a cargo de la Comandancia del Oeste. La provincia quedó al mando de Manuel José Gómez Rufino, y entre ambos no tardaron en aparecer rumores encontrados a causa de diferencias políticas y pulseadas de poder.
Al poco tiempo Benavides fue declarado peligroso por el gobierno, apresado y engrillado en la planta alta del Cabildo. Así comenzó el peregrinar de Telésfora para conseguir la liberación de su marido: Rufino hizo oídos sordos a sus reclamos, y Urquiza, presidente de la Confederación y única esperanza de la mujer, se encontraba a varias jornadas de distancia, en Paraná.
El final llegó de la peor manera: ante el tumulto generado por un desprolijo intento de sus seguidores por rescatarlo, fue asesinado por el comandante Domingo Rodríguez, miembro de la guardia oficial. Nazario estaba indefenso en la habitación, inmovilizado por el hierro de los grillos, cuando recibió un disparo a quemarropa e, inmediatamente, el acero helado de una bayoneta que le traspasó el pecho. Era la madrugada del 23 de septiembre de 1858.
Horacio Videla describe la escena: "El cuerpo de Benavides fue arrojado desde la habitación donde fue ultimado en los altos del Cabildo a un patio contiguo. Poco después un caballero de la alta sociedad sanjuanina, Juan Crisóstomo Quiroga y su hermana, Isidora Quiroga Garramuño de Salas, entraron al Cabildo y vejaron al cadáver". Al día siguiente el cuerpo maltrecho fue exhibido en el pretil del Cabildo, y recién después fue entregado a sus familiares. En el cementerio no hubo ceremonia, acto que recién llegaría hace un mes con el homenaje de Conti.

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