La Rioja, Domingo 13 de Octubre de 2019

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Juncal

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Reseña:

La Batalla de Juncal fue librada por las escuadras de las Provincias Unidas del Río de la Plata,[2] al mando del almirante Guillermo Brown, y del Imperio de Brasil, bajo el comando del capitán de fragata Sena Pereira, los días 8 y 9 de febrero de 1827, en aguas del Río de la Plata.
En las dos jornadas se enfrentaron fuerzas parejas; pero, a resultas de una superior inteligencia militar, conducción, oficialidad y entrenamiento de los artilleros, doce buques fueron apresados, tres incendiados y sólo dos pudieron escapar, mientras que la flota argentina no sufrió la pérdida de ningún navío.
La Tercera División brasilera destinada a obtener el control del Río Uruguay, de manera de aislar al ejército argentino que operaba en la Banda Oriental y se proyectaba en territorio del Brasil y promover la separación de las provincias del litoral argentino, fue completamente destruida por la escuadra argentina en la que resultó la mayor victoria naval del bando republicano en la Guerra del Brasil.

El conflicto
Guerra del Brasil e Invasión Luso-brasileña

Continuando su tradicional política de expansión hacia la cuenca del Plata, los lusobrasileños invadieron entre 1816 y 1820 la Provincia Oriental, con la excusa de combatir a las fuerzas de José Gervasio Artigas, y la incorporaron al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve con el nombre de Provincia Cisplatina. Tras la Independencia de Brasil en 1822, el emperador Pedro I mantuvo la ocupación.
Si bien el gobierno de Buenos Aires sostuvo una actitud expectante ante una invasión que eliminaba un adversario aún a costa de la pérdida de una provincia, la opinión pública en todo el país exigía la ruptura con Brasil.
El 19 de abril de 1825 con el apoyo de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, una pequeña expedición — los llamados Treinta y Tres Orientales — partió de San Isidro al mando de Juan Antonio Lavalleja y de Manuel Oribe y desembarcó en las costas orientales del río Uruguay. Pronto consiguieron sumar a su movimiento a la población de la campaña uruguaya, pusieron sitio a Montevideo y, reunidos en el Congreso de la Florida, solicitaron reincorporarse a las Provincias Unidas del Río de la Plata. El pedido fue aceptado por el Congreso Argentino. Ante esto, Brasil declaró la guerra, paso que dieron a su vez las Provincias Unidas el 1 de enero de 1826.
La República puso al mando del ejército a Carlos María de Alvear, mientras que encargó al almirante Guillermo Brown la conformación de una flota. Brasil contaba con el doble de efectivos, buena parte de los cuales eran mercenarios alemanes, mientras que su flota con 80 unidades — algunas de gran porte — era varias veces superior en número y potencia de fuego a la flotilla republicana. La escuadra brasileña estableció rápidamente un bloqueo, al que la República respondió con acciones de corso y salidas audaces de su exigua escuadra.

La Batalla
Las fuerzas contendientes

La escuadra argentina contaba con quince buques, entre ellos tres buques mayores: la Goleta Sarandí, nave insignia, al mando directo de Brown, la Goleta Maldonado al mando del joven Francisco Drummond -prometido de la hija de su comandante- y el Bergantín Balcarce, con catorce cañones de a seis y ocho, al mando del capitán Francisco José Seguí. Completaban la escuadra las goletas Pepa (al mando de Calixto Silva), Guanaco (Guillermo Enrique Granville), Unión (Malcolm Shannon), la sumaca Uruguay (Guillermo Mason) y ocho cañoneras. En total, 69 cañones y una dotación de unos 750 hombres.
La escuadra brasileña contaba con 17 naves (1 bergantín, 11 goletas y 5 cañoneras): la Goleta Oriental, nave insignia, al mando del Capitán Jacinto Roque de Sena Pereira, el Bergantín Dona Januária al mando de Pedro Antonio Carvalho, la Goleta Bertioga, comandada por el Teniente George Broom, la Liberdade do Sul al mando del teniente Augusto Venceslau da Silva Lisboa, la 12 de Outubro, la Goleta Fortuna (buque hospital), la Goleta Vitoria de Colonia, la Goleta Itapoã bajo el comando del teniente Germano Máximo de Souza Aranha, la Goleta 7 de Março, la Goleta Brocoió al mando del tte. Francisco de Paula Osório, la Goleta 9 de Janeiro, la Goleta 7 de Setembro, dos cañoneras tipo goleta ("gun schooner"), la Atrevida y la Paraty y las cañoneras Cananéia, Paranaguá e Iguapé. En total, unos 65 cañones aproximadamente y una dotación de unos 750 hombres. Por primera y única vez en la guerra, existía una relativa paridad en las fuerzas contendientes; o, al menos, la ventaja brasilera no era tan grande.

Disposición de batalla
La escuadra argentina fondeó al anochecer del día 7 entre la isla Juncal y el banco oeste del río. Al amanecer del 8 de febrero de 1827 divisó las velas brasileñas dirigiéndose río abajo, aprovechando el viento suave del norte, por lo que Brown ordenó levar anclas y colocó sus barcos en línea de batalla oblicuamente al sudeste desde la isla Juncal. La goleta Sarandí formaba en centro, en vanguardia la Maldonado y en retaguardia el Bergantín Balcarce.
La flota brasileña continúo su avance hasta que, habiendo cesado el viento, fondeó a las 11:30, a 1.000 yardas de la línea argentina, con su nave insignia Oriental en el centro.
Comienzo de la acción
El clima era tormentoso, húmedo y caluroso, con vientos leves y en extremo variables en su dirección, lo que era habitual para la época del año en el litoral.
Apenas fondeó sus naves, Sena Pereira hizo soltar un brulote hacia la flota enemiga, pero éste fue hundido en pocos minutos por la artillería argentina.
Al mediodía Brown ordenó adelantar a remo a seis de sus cañoneras, las que abrieron fuego a larga distancia con sus cañones de 18 libras. Los cañones largos argentinos tenían en general mayor alcance y la precisión de sus artilleros era superior. No obstante, el intercambio duró sólo un par de horas, dado que una repentina sudestada separó a los adversarios forzándolos a suspender el combate.
Los brasileños quedaron en posición dominante — a barlovento — por lo que Sena Pereira intentó ordenar a sus barcos en línea de ataque. Pero las maniobras de sus navíos fueron desastrosas: la goleta Liberdade do Sul encalló, mientras que el bergantín Dona Januária se salió de formación, desvió su rumbo y quedó al alcance del fuego simultáneo del General Balcarce, la Sarandí y tres cañoneras.
A las 15:00 el viento cesó nuevamente, por lo que la acción se redujo al cañoneo de larga distancia. La visibilidad estaba reducida por el humo de los cañones, cuyo sonido era audible en lugares tan alejados como Buenos Aires y Colonia del Sacramento.
Finalmente se desató la tormenta. Los barcos se esforzaron infructuosamente en mantener sus posiciones. El General Balcarce se asentó sobre sus cuadernas terminales, pero logró mantenerse a flote.
La tormenta amainó y fue reemplazada por una brisa del nordeste, lo que intentó aprovechar Sena Pereira para retirarse hacia el norte y tomar mejores posiciones.
Nuevamente la maniobra fue malograda. El 12 de Outubro sólo pudo ser salvado con el auxilio de las restantes naves, mientras que la goleta hospital Fortuna no pudo fondear, derivando hacia las líneas argentinas, donde fue capturada. El teniente John Halstead Coe, prisionero a bordo desde su parlamento de diciembre de 1826, fue liberado. Sólo a medianoche el escuadrón imperial consiguió reunir a sus navíos y fondear en desordenada formación río abajo, cerca de la isla Sola.

Segundo día
Exhaustos, los brasileños no fueron capaces de planificación alguna. Apenas amaneció, el capitán Sena Pereira se embarcó en el Oriental para definir con sus capitanes el plan de batalla: básicamente, si combatir navegando o fondeados. No hubo decisión, y Sena Pereira resolvió decidir su táctica sobre la marcha.
Por su parte, Brown estaba listo. A las 8:00, con brisa del sudeste, ordenó izar en el mástil de la Sarandí un paño de bandera rosa, señal para que la flota ocupara la posición de barlovento, virasen y avanzasen en línea contra los brasileños.
Sena Pereira ordenó formar en línea y fondear. Pero, nuevamente, la respuesta fue de confusión y desorden; algunas de las cañoneras salieron de formación, derivando a sotavento. Gritando con un megáfono trató inútilmente de poner orden. Pero, ante la rápida y ordenada aproximación argentina, cambió su decisión, ordenando ahora recibir al enemigo con las velas izadas.
La Dona Januária, la Bertioga y la Oriental avanzaron con rapidez, pero terminaron con ello de romper la formación, dado que el resto de los barcos quedaron atrás y dispersos, muchos fuera de línea. Los tres barcos líderes quedaron así prontamente bajo el fuego del General Balcarce y la vanguardia argentina que llegaba cañoneando.
Seguí, al mando del General Balcarce, se lanzó sobre la Januária y con una descarga de banda pronto consiguió destrozar su bauprés. Con la siguiente derribó el trinquete, y causó tales averías que la embarcación estuvo a punto de zozobrar. Sena Pereira ordenó a la pequeña goleta Vitoria de Colonia remolcar el bergantín, pero la goleta Uruguay tomó posición impidiéndolo.
El ataque fue tan rápido y devastador que su capitán, el teniente Pedro Antonio Carvalho, ordenó que sus cañones se concentraran en la artillería argentina y que un equipo procurara hundir el barco mientras él, con parte de la tripulación, abandonaba el navío dirigiéndose en los botes a la costa este.
Por su parte Drummond, comandante de la Maldonado, atacó a la Bertioga, al mando de un antiguo camarada de armas, el teniente George Broom. El disparo certero del cañón pesado de una cañonera argentina derribó el mástil principal del Bertioga; el cual, incapacitado para maniobrar, fue obligado a rendirse tras media hora de combate.
Mientras tanto, el General Balcarce de Seguí lideró un ataque combinado sobre la goleta Oriental. El fuego cruzado inutilizó los cañones, dejó la mitad de las carronadas destruidas y provocó 37 bajas, incluyendo entre los heridos al comandante Sena Pereira.
Pese a las pérdidas los brasileños no arriaron la bandera, dado que había sido clavada al mástil y, como refirió un cronista "no había a bordo hombre sano que subiera a desclavarla. Estaban contusos, heridos y muertos sus tripulantes, siendo de los primeros el jefe y muertos cuatro timoneles". Finalmente la nave insignia fue abordada y el capitán Francisco Seguí aceptó del comandante brasileño su espada en señal de rendición.
Decidida la jornada a favor de los republicanos, las goletas y cañoneras imperiales sobrevivientes cesaron el fuego y huyeron.
Brown traspasó el comando al General Balcarce y ordenó a la Sarandí y a las cañoneras continuar la persecución. Abordando la rendida nave capitana, al recibir la espada del comandante brasileño insistió en obsequiarla a Francisco José Seguí con las palabras "Usted es el héroe".
Brown se retiró con cuatro de las presas hacia Martín García para repararlas, escribir su parte y prepararse para un eventual intento de la División Auxiliar de Mariath, estacionada al sur de la isla, de forzar el paso al norte.

Martín García
Efectivamente, las órdenes del capitán Mariath, al frente de un escuadrón de diez barcos, consistían en superar Martín García, tomar la retaguardia de la escuadra argentina y reforzar a la Tercera División de ser preciso.
No obstante, aún mientras ya se oía de tronar de los cañones en la lejanía, la aproximación era en demasía lenta y cautelosa. Mariath envió en vanguardia una goleta para verificar las aguas del Canal del Infierno, del lado este de la isla.
Dado que sus cañones pesados, 9 piezas fijas de 24, estaban situados del lado oeste frente al Gran Canal, la guarnición argentina desplazó al este las baterías móviles consistentes de 2 cañones de a 12 y un lanzador de Cohetes a la Congreve para cubrir un posible desembarco.
No obstante, no tuvieron necesidad de combatir: la goleta brasileña encalló y fue imposible reflotarla, por lo que Mariath descartó definitivamente el canal interno como vía de avance. En vez de revertir sobre el canal oeste, o intentar forzar nuevamente el paso por el Canal del Infierno, que su piloto juzgaba posible, el comandante brasileño inició un duelo de artillería con las baterías de Martín García, hasta que la tormenta le obligó a suspender la intrascendente acción.
Mariath consideraba que las aguas poco profundas, el tiempo inestable y las baterías de Martín García hacían muy riesgoso el pasaje por la isla. Así, al día siguiente, en la jornada del día 9, mientras la Tercera División era aniquilada, la División Auxiliar permanecía a la distancia como mera espectadora. El 10 de febrero decidió finalmente retirarse en dirección a Colonia del Sacramento, adonde arribaría recién una semana después.
La primera noticia de la derrota la llevaron, en la madrugada del 12 de febrero, ocho sobrevivientes del Oriental. Al mediodía llegó para confirmarla el bote del teniente Carvalho. El 14 arribó el Dona Paula, escoltando a la goleta Vitoria de Colonia y a una cañonera, los únicos barcos brasileños sobrevivientes.

La persecución
El día siguiente de la jornada fue capturada la goleta Brocoio, mientras que, poco después, dos cañoneras — la Paraty y la Iguapé — encallaron en su huida por la boca del Paraná y fueron también capturadas.
De la Tercera División sólo quedaban en operación, huyendo al norte aguas arriba del Uruguay, las goletas Liberdade do Sul, Itapoã, 7 de Março, 9 de Janeiro y 7 de Setembro, las cañoneras Cananéia y Paranaguá, un lanchón de 12 remos y dos lanchas más pequeñas. Había tomado el mando el teniente Germano de Souza Aranha, comandante de la goleta Itapoã. En la retirada, la Liberdade do Sul, la Itapoã y la 7 de Março, dañadas por el combate, fueron encalladas en un paraje llamado San Salvador e incendiadas. Los buques sobrevivientes siguieron hacia el norte, conduciendo hacinados en las pequeñas embarcaciones a 351 sobrevivientes, entre oficiales y tripulantes, con la intención de rendirse a las autoridades de la Provincia de Entre Ríos.
Finalizada rápidamente la reorganización de sus fuerzas y desaparecida la amenaza de la División Mariath, ya el 14 de febrero Brown volvió al río Uruguay en la Maldonado y, con otros seis buques, salió en persecución de los sobrevivientes de Juncal. Al arribar el 15 a Fray Bentos, Brown recibió la novedad de que Souza Aranha, tras arrojar sus cañones por la borda, había rendido sus barcos al gobernador de Entre Ríos. El almirante fondeó frente a Gualeguaychú y solicitó la entrega de las naves y los prisioneros. Las autoridades entrerrianas resistieron la entrega, considerando que debía primar la capitulación efectuada ante la provincia. Brown rechazó de plano esa exigencia y montó una operación combinada por tierra y agua que le permitió capturar las embarcaciones refugiadas.

Consecuencias
Con doce buques apresados, tres incendiados y sólo dos que pudieron escapar, la batalla implicó una considerable pérdida para los brasileños y representó el mayor triunfo de la escuadra argentina.
En el escenario general de la guerra, frustró el intento de cortar las líneas de la fuerza expedicionaria y de liberar el río Uruguay para una ofensiva sobre el litoral argentino, que posiblemente hubiera puesto fin a la Confederación misma o, al menos, hubiera producido la escisión de sus provincias litorales.
En Buenos Aires, Brown fue recibido con fogatas y orquestas. Se había convertido en el hombre más popular de la República.
Sena Pereira quedó prisionero de Brown. Este reconoció su valentía y lo recomendó a su gobierno, "por su bravura e intrépida defensa, que lo presentan como un compañero de armas". No obstante, Sena Pereira se fugó, faltando a la palabra empeñada. A principios de 1829, sería uno de los que entregaran la plaza de Montevideo a los orientales.
La victoria naval republicana en Juncal fue seguida rápidamente por la terrestre del 20 de febrero de 1827 en Ituzaingó y la del 28 de febrero de 1827 en Carmen de Patagones. A partir de ese momento, la situación del conflicto llegó a un punto muerto: el Imperio había sido vencido militarmente en todos los frentes, pero la Argentina era incapaz de aprovechar su ventaja.
Esta situación conduciría finalmente a la firma de la Convención Preliminar de Paz, por la que la Provincia Oriental — se independizó como el Estado Oriental del Uruguay.
 

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