La Rioja, Sabado 19 de Agosto de 2017

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Marcelo T. De Alvear

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Marcelo Torcuato de Alvear nació en Buenos Aires el 4 de octubre de 1868, apenas seis días antes de que un sanjuanino, Domingo Faustino Sarmiento, alcanzara la presidencia de la República tras haber batallado por dar a la Argentina una Constitución y evolucionar en la construcción nacional. Nieto de don Carlos María de Alvear, quien fuera director supremo del incipiente Estado argentino en 1815 y protagonista político en los primeros años de lucha por la independencia, portaba un apellido ilustre, incluido en las listas de quienes conformaban la rica aristocracia porteña. Su familia era una de las más adineradas de Buenos Aires, y sucesivas herencias darían a los Alvear una posición social y económica sumamente ventajosa, ubicándose muy cerca de las esferas del poder que en esas últimas décadas del siglo XIX detentaba una clase terrateniente conservadora, autoritaria y fraudulenta, en el marco de un sistema semi-democrático sumamente imperfecto.
Sin embargo, y pese a su posición social, el joven Marcelo prontamente daría que hablar a su familia. Tras estudiar en el Liceo Militar y recibirse de abogado, comenzó a observar la situación general del país y a criticar con suma dureza el sistema político y social imperante, plagado de vicios, de corrupción, de avasallamiento a los derechos más elementales de los trabajadores y de las clases medias y bajas. Su postura política, diferente a los intereses defendidos por la aristocracia oligárquica en la que se aglutinaban sus allegados, le valió no pocos enfrentamientos con familiares y políticos del oficialismo conservador. Abogando por un cambio total en la forma de hacer política en la Argentina, Alvear resolvió unirse a la lucha que iniciaba a fines de la década de 1880 un grupo de jóvenes liderados por Leandro N. Alem; así llegó a la Unión Cívica, y de su mano accedieron a ella varios de sus amigos también de familias pudientes, que aún así eran capaces de observar las profundas falencias del régimen y la necesidad de una revolución que moralizara la política nacional. Participó en el mitín del Jardín Florida y en el acto del Frontón Buenos Aires, las dos más importantes y multitudinarias reuniones de los jóvenes cívicos que en 1890 lograrían la caída del impresentable gobierno de Miguel Juárez Celman. Precisamente, en la revolución del Parque, Alvear participó liderando una columna de jóvenes que desde el sur de la Capital Federal marchó hacia la Casa de Gobierno y, ante la inminente respuesta de las fuerzas oficiales, se replegó por orden de su líder, que los desconcentró con seguridad y evitó un baño de sangre. En los numerosos mitines, era frecuente orador, y con un tono cauto pero firme repitió hasta el cansancio su compromiso con la causa por la que lucharon, entre otros, Leandro Alem, Bernardo de Irigoyen, Lisandro de la Torre, Aristóbulo del Valle y una figura que comenzaba a pesar por su acción firme en pos de un cambio en la cultura política argentina y su democratización total: Hipólito Yrigoyen. Ante la división de la Unión Cívica y la conformación del radicalismo, Alvear rechazó la idea del "acuerdo" mitrista y ratificó su concidencia con Alem, participando en la revolución de 1893 contra el gobierno de Luis Sáenz Peña. Pero a partir de allí y del fallecimiento del fundador de la UCR, el joven Alvear iniciaría un acercamiento paulatino a Yrigoyen, respaldando el liderazgo partidario de éste y sus decisiones.
Las coincidencias entre Yrigoyen y Alvear fueron tales que, a pesar de sus orígenes diferentes, los lazos entre ambos jóvenes fueron más allá de lo estrictamente político, y entre ellos se comenzó a forjar una amistad que con el tiempo serviría incluso para resolver conflictos dentro del propio Partido Radical. Alvear admiraba la sobriedad, la austeridad y el sentido ético del nuevo jefe partidario; Yrigoyen, en tanto, aprobaba la decisión de ese joven patricio porteño de unirse a un movimiento popular cuestionando la misma esencia de la oligarquía a la que pertenecía su propia familia. En el año 1905, la revolución contra el presidente Manuel Quintana, organizada por Yrigoyen, contó con la activa participación de Alvear, quien comenzaba ya a liderar oficialmente la UCR de Buenos Aires en sintonía con la jefatura nacional del yrigoyenismo. Ante la sanción de la ley Sáenz Peña en 1912, la UCR levantó la abstención revolucionaria y comenzó a triunfar en las elecciones, logrando la victoria en las generales de 1916 en que don Hipólito Yrigoyen se convirtió en el primer presidente de la República auténticamente democrático, electo por los argentinos por voto secreto y directo. Una de las principales preocupaciones de Yrigoyen fue la posición argentina en el plano internacional, y buscando una representación eficiente de los intereses de la Nación ante el mundo y una voz calificada en Europa, designó a Alvear al frente de la estratégica embajada en París. Durante su estancia en Francia, el embajador adquirió una sólida y envidiable cultura y, debido a su posición, pudo acceder a personalidades destacadas del viejo continente, cumpliendo fielmente con las instrucciones que llegaban de su jefe político desde Buenos Aires, siendo la palabra argentina más relevante en Europa. Luego de la culminación de la Primera Guerra Mundial y tras la conformación de la Sociedad de las Naciones, Alvear fue el primer representante de la Argentina en la organización internacional, directamente designado por el presidente Yrigoyen. Al contraer matrimonio con Regina Paccini, una mujer de teatro a la que conoció en Lisboa actuando en la Ópera y de la cual se enamoró profundamente, Alvear dio una nueva muestra a la gente de su nivel social de que podía actuar con completa independencia de sus cánones.
Hacia el año 1922, se produjo el hecho más importante en la vida política de don Marcelo: Yrigoyen lo señaló como el elegido para ser el candidato a la presidencia de la República por la Unión Cívica Radical. Acompañado por Elpidio González en la vicepresidencia, triunfó rotundamente en las elecciones generales y, estando él en Europa, le llegó la noticia de que debía retornar para suceder a su amigo al frente de la Nación. El 12 de octubre de 1922, Alvear asumió formalmente la presidencia, llevando a cabo un gobierno definido casi en forma unánime como prolijo, honesto, marcado por un escrupuloso respeto por la legalidad y el orden interior de la República. Defendió los recursos de la Nación continuando la labor de Yrigoyen respecto al petróleo y mantuvo los lineamientos generales de la política de su antecesor. Disintió con él, eso sí, en la forma de liderazgo, prefiriendo moderar el personalismo y descentralizar la toma de decisiones; hacía esto a su concepción democrática del poder y a su profunda convicción republicana y radical. Los estilos distintos de Yrigoyen y Alvear provocaron discrepancias entre ellos mismos y, quizá, una división dentro del Partido Radical, que no fue tal en realidad si se tiene en cuenta que muchos de los "antipersonalistas" tenían poco que ver con el radicalismo al cuestionar la figura misma de Yrigoyen y muchas decisiones tomadas por éste que eran totalmente compatibles con la doctrina pura de la UCR. El aprecio de Alvear por don Hipólito y su condición de radical "de pura cepa" pudo comprobarse cuando hacia el fin de su gobierno, presionado por los sectores conservadores del antipersonalismo para intervenir la provincia de Buenos Aires ganada por el yrigoyenismo, el presidente se negó a proceder en ese sentido y evitó profundizar el quiebre partidario, decretando con un "asunto concluido" su adhesión a la legalidad y al radicalismo. En 1928, garantizó una elección transparente que consagró nuevamente a Yrigoyen como presidente por amplia mayoría.
En el año 1930, tras el derrocamiento ilegal del líder radical, el régimen dictatorial impidió su presencia en el país, debiendo Alvear emigrar a Europa junto a su esposa. Retornó a la Argentina en 1933 para hacerse cargo de la conducción de la UCR, acéfala luego de la muerte de Yrigoyen ese mismo año. Su figura, ya fuera del partido los sectores reaccionarios contrarios al extinto caudillo, era la única capaz de mantener cohesionado al radicalismo, en su condición de ex mandatario y amigo del líder fallecido. Asumió la presidencia del Comité Nacional de la UCR, desde donde dirigió la oposición al régimen conservador, casi fascista, inaugurado por el golpista José Félix Uriburu y continuada por Agustín Justo, su ex ministro de Guerra. En el año 1938 tomó una decisión muy discutida al decidir levantar la abstención electoral llevando a la UCR a las elecciones presidenciales en una fórmula que él mismo encabezó, cuando no estaban dadas las condiciones para garantizar un proceso limpio. Fue víctima del fraude conservador y la presidencia le fue entregada a Roberto Ortiz, sucedido tras su muerte por Ramón Castillo. Nunca admitió haberse equivocado al aceptar el juego fraudulento de los conservadores, pese a las duras críticas recibidas desde el yrigoyenismo.
Ya en los últimos años de su vida, comenzó a ser acompañado en las giras partidarias y en los actos políticos, que fueron parte de su misma vida, por jóvenes radicales que luego serían líderes, como Ricardo Balbín y Crisólogo Larralde. Fatigado por una lucha de toda la vida, unido plenamente a la boina blanca radical - a pesar de habérsele atribuido el mote de "radical de galera" - y luchando por la restauración de la democracia en la que creyó siempre y más que en ninguna otra cosa, don Marcelo Torcuato de Alvear falleció el 23 de marzo de 1942 en su residencia en Buenos Aires. Contaba ya 73 años y una vida política agitada pero marcada por la honorabilidad, la rectitud y la decencia.
 

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