La Rioja, Viernes 20 de Octubre de 2017

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Oídor Pedro La Gasca

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Pedro de la Gasca (o Pedro de Lagasca) (Navarregadilla, Ávila, España, 1493 - † Sigüenza, Guadalajara, España, 1567) fue un sacerdote, político, diplomático y militar español del siglo XVI. Caballero de la Orden de Santiago y consejero del Tribunal del Santo Oficio. Nombrado en 1546 presidente de la Real Audiencia de Lima con la misión de debelar la rebelión de Gonzalo Pizarro en el Perú, cumplió a cabalidad su cometido, pasando a la historia con el apelativo de Pacificador. Hizo luego un ordenamiento general del Virreinato. Culminó su brillante carrera como Obispo de Palencia y luego de Sigüenza.

Nació en Navarregadilla, localidad cercana al pueblo de El Barco de Ávila. Hijo de don Juan Jiménez de Ávila y García y de doña María Gasca, ambos de conocidas estirpes hidalgas. Inició estudios en la Universidad de Salamanca. Muerto su padre (hacia 1513), hízose cargo de su educación su tío, el licenciado Del Barco, quien lo presentó ante el Cardenal Cisneros para que estudiara en la Universidad de Alcalá de Henares. Allí recibió el grado de Maestro en Artes y Licenciado en Teología; entró como colegial en el Colegio Mayor de San Ildefonso de la misma universidad, y entusiasmado por la política imperial, participó en el bando real durante la Guerra de las Comunidades de Castilla.
Acabada la guerra, su tío lo envió de nuevo a Salamanca (1522), donde gracias a sus virtudes intelectivas y a su talento negociador logró situarse en un primerísimo plano. En la universidad salmantina cursó Derecho Civil y Canónico; se graduó de Bachiller en ambos Derechos y fue elegido para ocupar la rectoría en el curso de 1528-1529. Posteriormente tomó una beca en el prestigioso Colegio Mayor de San Bartolomé o Colegio Viejo (1531), centro de formación de los más importantes políticos de la España del Renacimiento, donde se graduó de Licenciado en Cánones. Vista su capacidad le encargaron del rectorado del Colegio en dos oportunidades.
Concluidos sus estudios, recibió las sagradas órdenes, abrazando la carrera eclesiástica. Fue nombrado canónigo en el cabildo catedralicio de Salamanca y juez vicario en la diócesis de ese lugar.
Las excelencias de su ánimo y capacidad no tardaron en llegar a oídos del personaje más influyente en el gobierno civil y religioso de aquella época: el cardenal Juan Tavera, Arzobispo de Toledo y Presidente del Consejo Real. Por influencia de este personaje, en 1537 pasó a desempeñarse como juez vicario en Alcalá de Henares y como juez residenciador del cabildo metropolitano de Toledo. En noviembre de 1540 obtuvo una plaza de oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición. Esta incorporación al mundo cortesano le otorgó la experiencia de administrar negocios concernientes al inmenso ámbito de la “monarquía universal” de Carlos V.
Su primera responsabilidad propiamente política le fue asignada en 1541, al recibir el encargo de hacer una visita general a los oficiales de la Corona en el reino de Valencia, para lo cual tuvo que contar con un breve especial del Papa, autorizándole a intervenir en problemas que normalmente eran ajenos a la gente de hábito clerical. Pasó en la comarca valenciana tres años intensos (1542-1545), durante los cuales se ocupó del adoctrinamiento y sujeción de las comunidades moriscas, ordenó disposiciones para la defensa del reino (fortificación de la costa y de las islas Baleares para enfrentar los ataques berberiscos y, principalmente, los del pirata Barbarroja), efectuó una toma de cuentas a los oficiales de hacienda, aplicó la residencia a los ministros de justicia y adquirió, en general, un notable conocimiento de las funciones gubernativas.
Fue por entonces cuando llegaron a la corte las noticias del levantamiento de Gonzalo Pizarro (hermano de Francisco Pizarro), que se había sublevado junto a otros encomenderos contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela. Ante la disyuntiva de mandar a esta colonia a un letrado con habilidad negociadora o a un caballero con experiencia militar, se resolvió encargar la pacificación a un hombre de letras y el escogido por Carlos V fue el licenciado Pedro de la Gasca, quien “era muy pequeño de cuerpo, con extraña hechura, que de la cintura abajo tenía tanto cuerpo como cualquiera hombre alto y de la cintura al hombro no tenía una tercia. Andando a caballo parecía aún más pequeño de lo que era porque todo era piernas; de rostro era muy feo”, según lo describe el Inca Garcilaso de la Vega.
El 16 de febrero de 1546 recibió el nombramiento de Presidente de la Real Audiencia de Lima, junto con extensas facultades gubernativas, y tres meses más tarde se embarcó rumbo al Perú, zarpando de Sanlúcar de Barrameda (26 de mayo). Llegó a Nombre de Dios (costa atlántica del istmo de Panamá), el 27 de julio del mismo año, con su breviario y sus papeles, lo que no hizo recelar a nadie. Ya en Panamá, asumió formalmente la Presidencia de la Audiencia (13 de agosto). Su talento diplomático se patentizó al conseguir el cambio de bandera del general Pedro de Hinojosa y los demás jefes de la armada pizarrista, otorgándoles en recompensa el perdón de los delitos cometidos, así como la promesa de concederles luego ricas encomiendas de indios.
En abril de 1547 salió de Tierra Firme con una flota de dieciocho navíos y, luego de una complicada travesía, desembarcó en el puerto de Manta (actual Ecuador). Prosiguió su ruta a lo largo de la costa hasta la desembocadura del río Santa, donde empezó a internarse en la cordillera andina. Ya asentado el campamento realista en Jauja primero y después en Andahuaylas, no cesó de formular inútiles ofrecimientos de paz al líder de los rebeldes. Gracias a los refuerzos militares enviados de Guatemala, Popayán y Chile, el ejército leal al Rey alcanzó a integrar en su momento culminante 700 arcabuceros, 500 piqueros y 400 jinetes, todos bajo el mando del capitán general Pedro de Hinojosa. Escasa resistencia podrían intentar los seguidores de Pizarro ante el poderío arrollador de estos hombres. Por ello el aguardado encuentro bélico en la pampa de Jaquijahuana, cerca del Cuzco, representó virtualmente una desbandada de la hueste pizarrista (9 de abril de 1548). Gonzalo Pizarro y los principales dirigentes de su grupo fueron capturados allí mismo y juzgados en proceso sumario: se decretó la pena de muerte contra 48 de los sediciosos y muchos otros recibieron como castigo azotes, destierro, trabajo en las galeras y confiscación de bienes.
Se procedió luego al denominado Reparto de Guaynarima (16 de agosto de 1548), donde La Gasca distribuyó más de un millón de pesos en encomiendas entre sus soldados, dejando a muchos descontentos, por no recibir nada o creer que se les daba muy poco. Procedió luego a hacer un reordenamiento de la administración del Virreinato.
El 27 de enero de 1550, considerando cumplida su labor, emprendió el retorno a España, llevando para el Rey un extraordinario cargamento de casi dos millones de escudos en metales preciosos. Dejó el gobierno en manos de la Audiencia de Lima presidida por Andrés de Cianca. En el istmo de Panamá sofocó la rebelión que los hermanos Hernando y Pedro Contreras habían promovido en la provincia de Castilla del Oro o Tierra Firme, de cuyo gobierno se habían apoderado violentamente con el plan de desposeer a España del Perú, rehacer el imperio incaico y ceñir su corona. La Gasca continuó el viaje a España, arribando a Sevilla en septiembre del mismo año de 1550.
Como correspondía a un individuo de profesión clerical, Pedro de la Gasca fue premiado por sus meritorios servicios con la dignidad de Obispo. Primero recibió por auspicio de Carlos V la dignidad episcopal de Palencia, que llevaba anejo el Condado de Pernia (1551). Luego fue promovido al rango de Obispo y Señor de Sigüenza, en tiempos de Felipe II (1562).
Falleció el 13 de noviembre de 1567, a los 74 años de edad, siendo sepultado en la Iglesia de Santa María Magdalena de Valladolid en un sepulcro en alabastro obra del escultor romanista Esteban Jordán.

Labor administrativa en el Perú
Luego del Reparto de Guaynarima (en la que distribuyó las encomiendas o repartimientos de indios entre los capitanes y soldados de su ejército triunfador), La Gasca se dedicó a realizar un reordenamiento general en la administración del Virreinato del Perú. Concibió la necesidad de formar una aristocracia de encomenderos, alrededor de la cual debería girar la vida de los colonos ibéricos en el Perú. Según su esquema ideal, empero, el desenvolvimiento de los súbditos indianos no debía exceder los parámetros de control político y económico de la Corona, cuya preponderancia era necesario afirmar sobre las ambiciones de los particulares.

Obras escritas
-Descripción del Perú (1551-1553, editado recién en 1976), con noticias sobre el medio natural y la población autóctona del Perú.
 

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