La Rioja, Miercoles 23 de Agosto de 2017

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Orden Jesuita

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La Compañía de Jesús (Societas Jesu o Societas Iesu, S.J. o S.I.) es una orden de la Iglesia Católica, fundada por San Ignacio de Loyola, junto con San Francisco Javier, Beato Pedro Fabro, Diego Laynez, Alfonso Salmerón, Nicolás de Bobadilla y Simón Rodrigues en 1534, en París. Con cerca de 19.000 miembros, sacerdotes, estudiantes y hermanos, es la mayor orden religiosa masculina católica hoy en día.

Los jesuitas, que así se conoce a los miembros de esta orden, trabajan por la evangelización del mundo, la defensa de la fe, muy significativo es la defensa apologética frente al protestantismo, la reforma de la Iglesia y el servicio al Papa (Vicario de Cristo en la Tierra). La finalidad de esta Compañía es «la perfección cristiana, propia y ajena, para gloria y servicio de Dios».
Actualmente, la formación en la Compañía de Jesús empieza con el noviciado y continúa con un proceso de formación intelectual que incluye estudios de Humanidades, Filosofía y Teología. Además, los jesuitas en formación realizan tres años de «prácticas» (período de magisterio) en colegios o en otros ámbitos (trabajo parroquial, social, medios de comunicación, etc). El estudio a fondo de idiomas, disciplinas sagradas y profanas, antes o después de su ordenación sacerdotal, ha hecho de los miembros de la SJ, durante casi cinco siglos, los líderes intelectuales del catolicismo.
San Ignacio de Loyola, el fundador, quiso que sus miembros estuviesen siempre preparados para ser enviados, con la mayor celeridad, allí donde fueran requeridos por la Misión de la Iglesia, donde el Papa los necesitara, de ahí que los jesuitas profesen los tres votos normales de la vida religiosa (obediencia, pobreza y castidad) y, aparte, emiten un cuarto voto de obediencia al Papa, «circa misiones»[1] La Formula Instituti o Fórmula del Instituto (aprobada por Paulo III en 1540 y confirmada por Julio III en 1550), su documento fundamental, dice: «Militar para Dios bajo la bandera de la cruz y servir sólo al Señor y a la Iglesia, su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra».
La Compañía de Jesús ha sido una organización que ha vivido entre la alabanza y la crítica, siempre en la polémica. Su lealtad incondicional al Papa los ha colocado en más de un conflicto: con la Inglaterra isabelina, frente al absolutismo del Rey Sol, el regalismo español, con la Alemania de Bismarck, de donde fueron expulsados (durante el Kulturkampf) y con los gobiernos liberales de diversos países en América y Europa, que también los persiguieron. Asimismo los regímenes comunistas de Europa Oriental y de China limitaron ampliamente su actividad a partir de 1945.

Historia
Origen de la Compañía

En septiembre de 1529, Ignacio de Loyola, un vasco que combatió en la guerras contra Francia y el Reino de Navarra defendiendo la causa de Carlos I, había optado por dedicarse a «servir a las almas». Decidido a estudiar para cumplir mejor su propósito, se incorpora al Colegio de Santa Bárbara —dependiente de la Universidad de París— y comparte cuarto con el saboyano Pedro Fabro y el navarro Francisco Javier[2] Los tres se convirtieron en amigos inseparables. Ignacio realizaba entre sus condiscípulos una discreta actividad evangelizadora, sobre todo dando Ejercicios espirituales, un método ascético desarrollado por él mismo.
En 1533 llegaron a París Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás de Bobadilla y Simão Rodrigues, que se unieron al grupo de Ignacio. El 15 de agosto de 1534, fiesta de la Asunción de la Virgen, los siete se dirigieron a la capilla de los Mártires, en la colina de Montmartre, donde pronunciaron sus votos y nació la Compañía de Jesús como un grupo de amigos con un ideal común. El 27 de septiembre de 1540, el Papa Pablo III reconoció la orden y firmó la bula de confirmación conocida por sus primeras palabras: Regimini militantis ecclesiae.
Después de los votos de Montmartre se incorporaron al núcleo inicial tres jóvenes franceses, «reclutados» por Fabro: Claude Jay, Jean Codure y Paschase Broët. Los diez se encontraron en Venecia y misionaron el norte de Italia a la espera de embarcarse hacia Jerusalén, pero la guerra entre Venecia y el Imperio otomano lo impidió.
A partir de la aprobación papal comenzó un proceso de expansión numérica y de misiones encomendadas: fundación de Colegios, reforma de monasterios, participación en el Concilio de Trento, diálogo con los protestantes... Los primeros compañeros se dispersaron: Rodríguez fue a Portugal, Javier a Oriente, Fabro recorrió media Europa predicando y dando ejercicios espirituales... Entre 1540 y 1550 se unieron a la Orden notables personajes para su posterior desarrollo: Jerónimo Nadal, Francisco de Borja, duque de Gandía, Pedro Canisio, notable teólogo (Doctor de la Iglesia), y Juan de Polanco, secretario de Ignacio
En 1556, cuando murió el fundador, eran 1,000 compañeros. El segundo General fue Diego Laínez.

Complejos agroindustriales jesuíticos
Una de las primeras innovaciones en los métodos de producción fue la introducción de complejos agroindustriales en sus haciendas lo que hacía mejorar ostensinblemente la producción. En las haciendas administradas por Jesuítas en los siglos XVII y XVIII en Sudamérica, supieron con pericia gestionar verdaderos emporios agro industriales con métodos de gerencia que se adelantaron, por lo menos, dos siglos a los utilizados en la actualidad: redistribución de utilidades, gerentes financieros, controladores, gerentes de operaciones, agro exportación, control de calidad, etc. todo un aparato concebido para hacer de sus propiedades el mejor exponente del agro. Además agregaron la participación patrimonial de lo recaudado en las haciendas para luego ser redistribuido entre indios, esclavos y empleados, llegamos a la conclusión que fueron los primeros en otorgar una suerte de “títulos de propiedad” a sus subordinados.

Las expulsiones y la supresión de la Compañía
Los gobiernos ilustrados de la Europa del siglo XVIII se propusieron acabar con la Compañía de Jesús por su defensa incondicional del Papado, su actividad intelectual y los enemigos que se habían ganado (jansenistas, filósofos, e incluso ciertos clérigos en Roma).
El primer país en expulsarlos fue Portugal. El ministro Carvalho, marqués de Pombal, fue su principal adversario; encerró en el calabozo a 180 jesuitas en Lisboa y expulsó al resto.
En 1763, Luis XV de Francia los acusó de malversación de fondos debido a la quiebra del P. Antoine Lavalette en Martinica. El Parlamento de París condenó las Constituciones y el rey decretó la disolución de la orden en sus dominios, y el embargo de sus bienes.
Más tarde, los jesuitas fueron expulsados de los territorios de la corona española a través de la Pragmática Sanción de 1767 dictada por Carlos III el 2 de abril de 1767 y cuyo dictamen fue obra de Pedro Rodríguez de Campomanes (futuro conde de Campomanes), regalista y por entonces Fiscal del Consejo de Castilla.[3] Al mismo tiempo, se decretaba la incautación del valioso patrimonio que la Compañía de Jesús tenía en estos reinos (haciendas, edificios, bibliotecas), aunque no se encontró el supuesto «tesoro» en efectivo que se esperaba. Los "hijos" de San Ignacio tuvieron que dejar el trabajo que realizaban en sus obras educativas (lo que supuso un duro golpe para la formación de la juventud en la América Hispana) y sus misiones entre indígenas, como las famosas Reducciones guaraníes y las menos célebres, pero no menos esforzadas misiones entre los Tarahumara en México.
La supresión de los jesuitas fue llevada a cabo en 1773, cuando el Papa Clemente XIV enfrentó fuertes presiones de los reyes de Francia, España, Portugal y de las dos Sicilias quienes, por distintas razones, le exigían la desaparición de la Compañía. El Papa cedió y mediante el breve Dominus ac Redemptor suprimió la Compañía de Jesús.
Los jesuitas se convirtieron al clero secular y los escolares y hermanos coadjutores quedaron libres de sus votos. El Padre General, Lorenzo Ricci, y su Consejo de Asistentes fueron apresados y encerrados en el Castillo Sant'Angelo (Roma) sin juicio alguno.
Sin embargo, en Rusia, Polonia, Prusia e Inglaterra el edicto de supresión no fue observado por los monarcas. Muchos jesuitas de toda Europa aceptaron la oferta de refugio hecha por la zarina Catalina la Grande, quien esperaba continuar así, con el apoyo intelectual de la Compañía, la obra de modernización iniciada por Pedro el Grande.
En 1789 —el mismo año en que la Constitución de Estados Unidos entró en vigor y en el que se inició la Revolución francesa— fue fundada por ex jesuitas la universidad católica más antigua de Estados Unidos, la Universidad de Georgetown, en Washington D.C.; posteriormente la universidad sería integrada a la Compañía.

Restauración y nuevas expulsiones
Cuarenta años después, en medio de los efectos causados por la Revolución francesa, las guerras napoleónicas y las guerras de independencia de los territorios americanos del imperio español, el Papa Pío VII decidió restaurar a la Compañía. De hecho, los jesuitas habían sobrevivido en Rusia —unos cuantos centenares— protegidos por la zarina Catalina II. La restauración universal era vista como una respuesta a las presiones generadas por quienes eran vistos en ese entonces como los enemigos de la Iglesia, especialmente la masonería, condenada por el catolicismo.
De 1814 hasta el Concilio Vaticano II[4] de 1960, la SJ es asociada con corrientes conservadoras y elitistas. La Orden es identificada con un incondicional apoyo hacia la autoridad del Papa. Poco tiempo después de la restauración, el Zar expulsa a los jesuitas de Rusia. Los Generales (Fortis, Roothaan y Beckx) vuelven a instalarse en Roma después de un paréntesis de 40 años. Durante el siglo XIX la SJ sufre las consecuencias de las revoluciones políticas de corte liberal y tiene que afrontar numerosos ataques. Acaba siendo nuevamente expulsada de Portugal, Italia, Francia, España, Nicaragua, Colombia, Ecuador, Alemania, etc.
El resurgimiento italiano, es decir, la unificación de la península bajo la égida de la Casa de Saboya, acarreó complicaciones al Papado y a la Compañía. El conde de Cavour, primer ministro del Rey Víctor Manuel, era francamente liberal y, por ende, anticlerical. En 1870 surge la «cuestión romana» cuando los ejércitos piamonteses ocupan Roma y el Papa se declara prisionero en el Vaticano. La situación política posterior en Italia, obligó al Padre General Luis Martín a abandonar Roma y a gobernar desde Fiésole.
A pesar de estas expulsiones y conflictos, el número de jesuitas va ascendiendo lentamente. Cuando los jesuitas alemanes fueron expulsados por Otto von Bismarck, cientos de ellos se trasladaron a Norteamérica y colaboraron en la evangelización del interior de los Estados Unidos.

Siglo XX
A inicios del siglo XX el P. General es el alemán Franz Xaver Wernz y los jesuitas alrededor de 15,000. Durante la Primera Guerra Mundial asume el generalato el polaco Wladimir Ledóchowski que, considerado un excelente líder y administrador, desarrolla vigorosamente la Orden en sus tradicionales frentes: educación y misiones. No faltaron los jesuitas que se destacaron como capellanes y camilleros en las trincheras; entre ellos, Pierre Teilhard de Chardin y el beato Rupert Mayer.
Hacia el final de los años 30, los jesuitas de Estados Unidos sobrepasan a los españoles en número, formando el grupo regional más grande con más de 8,000 jesuitas.
En España, por decreto de 23 de enero de 1932, la Segunda República Española disuelve la compañía de Jesús por obedecer a un poder extranjero (el Papa) y se incauta de todos sus bienes. Durante la Guerra Civil Española, se decreta, el 3 de mayo de 1938, la derogación del decreto de 23 de enero de 1932 sobre disolución de la Compañía de Jesús e incautación de sus bienes, y en su virtud, la Compañía de Jesús vuelve a adquirir plena personalidad jurídica y podrá libremente realizar todos los fines propios de su Instituto, quedando, en cuanto a lo patrimonial, en la situación en que se hallaba con anterioridad (B.O.E., 7 de mayo de 1938, p.7162s).

Después de la II Guerra Mundial
El general Ledóchowski muere durante la contienda y el vicario general Norbert Boynes no puede convocar una Congregación General (XXIX) hasta septiembre de 1946. De esta congregación general fue elegido Jean-Baptiste Janssens como vigésimo séptimo Prepósito General de la Compañía. Su gobierno no pasó desapercibido para el pontificado de Pío XII, sobre todo por las figuras que emergen poniendo en peligro la ortodoxia y unidad católicas de la Iglesia. Ante las sospechas, después asentadas en las cátedras, Pío XII publica la encíclica Humani generis en 1950 condenando y advirtiendo de los desvíos que ya San Pío X denunciara en la Pascendi Dominici gregis.
Los jesuitas más destacados antes y durante el Concilio Vaticano II fueron:
el arqueólogo francés y místico Pierre Teilhard de Chardin (que no participó pero influyó de manera decisiva en sus condiscípulos de la Orden).
el canadiense Bernard Lonergan (filósofo, autor de notables trabajos en Epistemología)
y el teólogo John Courtney Murray, quien trabaja por el renocimiento de la libertad religiosa.
Henry de Lubac
Karl Rahner
Jean Daniélou
Hans Urs von Balthasar (que años después abandonaría la Orden pasando al clero secular)
Hacia fines de los años 50, Teilhard y Murray son cuestionados por Roma. El evolucionismo de Teilhard es visto como peligroso; en tanto, la posición favorable de Murray hacia el ecumenismo y la libertad religiosa hace que el Vaticano también lo censure. El General Jean Baptiste Janssens (belga) es obligado a callar a Teilhard. Aunque un caso muy significativo fue que al mismo tiempo que Teilhard fue llamado a Roma, se llamó también al Padre Leonardo Castellani por sus problemas disciplinarios. Castellani en sus razondas "rebeldías" ya preveía la crísis que se avecinaba sobre la Compañía y sobre la Iglesia. Teilhard al final fue rehabilitado, Castellani expulsado.
Durante el gobierno del P. Janssens se desarrolla con fuerza un nuevo apostolado jesuítico: el trabajo social. Se ha querido ver como pioneros de esta nueva manifestación del carisma ignaciano a San José María Rubio (español) y San Alberto Hurtado (chileno). Su generalato terminó casi al mismo tiempo que el Concilio y que significó la apoteósis de la Compañía, la Orden llega a su máxima expansión numérica (36,000 jesuitas) y se abre un nuevo capítulo en la relación de la Compañía con Roma. La promulgación del decreto del concilio sobre libertad religiosa reivindica al Padre Murray. La figura del jesuita Karl Rahner cobra especial relevancia en el mundo teológico. Pero la Compañía estaba ya amenazada de división.
Durante el final del mandato del padre Janssens surgen disensiones que no son ajenas al resto de la Iglesia católica. Una evidente contaminación modernista pone todavía en peligro la propia identidad de la Societas Iesu al alejarse de la ortodoxia católica.

Modernización y crisis vocacional
En 1965 (Congregación General 31), el viceprovincial de Japón, el vasco Pedro Arrupe, es elegido General, dándose durante su generalato un giro en la línea de gobierno de la Compañía. Se pone gran énfasis en los temas de promoción de la justicia social e inculturación del Evangelio. Pero los cambios en el mundo y en la Iglesia son acelerados y comienza la disminución de vocaciones y alrededor de 8,000 jesuitas dejan la Orden. Arrupe es acusado por sectores tradicionales de ser muy permisivo; otros lo ven como un profeta de la nueva evangelización. La Congregación General de 1975 (la N° 32) respalda al General y proclama la nueva forma de entender la misión de la SJ: Fe y Justicia. A pesar del aprecio que Pablo VI siente por la Orden, le llegan frecuentes quejas de los obispos por desafíos de ciertos jesuitas al Magisterio. El mismo Papa recibió críticas de teólogos jesuitas por su encíclica Humanae Vitae.

Problemas con el Papado
La innovación jesuita puso en peligro la propia naturaleza de la Compañía que fundó San Ignacio y una de sus características fundamentales: el cuarto voto de obediencia al Papa. En 1981, cuando Pedro Arrupe quedó paralizado por una embolia, Juan Pablo II nombró un Delegado Pontificio y un Adjunto para el gobierno de la Orden, respectivamente los padres Paolo Dezza y Giuseppe Pittau. De hecho, tal figura no está presente en la legislación jesuítica, por lo que fue una medida extraordinaria de Juan Pablo II. La respuesta de la Compañía a esta medida fue ejemplar, salvo algunas voces críticas (carta de Karl Rahner y otros teólogos al Papa). Pero todos los observadores serios reconocieron que la transición se hizo en un ambiente de paz. En 1983, cuando por fin se reunió la XXXIII Congregación General, el lingüista holandés Peter Hans Kolvenbach fue electo como 29º Superior General.
En todo caso, durante el generalato de Kolvenbach se han «normalizado» las relaciones de la SJ con el Vaticano. El General modificó ciertas estructuras de gobierno, renovó el apostolado educativo y ha apoyado la creación de nuevos centros sociales y obras dedicados al trabajo con refugiados y migrantes. El número de jesuitas continuó disminuyendo lentamente durante los años 80 y 90, hasta situarse en 20,000 a inicios del siglo XXI.

Situación actual
La Compañía de Jesús ha cambiado mucho a lo largo de los siglos. A inicios del siglo XXI es un mosaico de diferentes identidades, desde las más conservadoras, hasta las más progresistas, como las de algunos jesuitas mexicanos, cercanos a grupos de extrema izquierda como el EZLN, o la APPO.
Otro ejemplo de estas últimas posiciones fue la Teología de la liberación desarrollada por algunos jesuitas, entre otros sacerdotes y religiosos, en América Latina durante los años 1960 y 70.
El hecho de tomar partido con los oprimidos ha sido a veces peligroso para los jesuitas. En 1983, el sacerdote James Francis Carney, mejor conocido como el padre Guadalupe, fue asesinado en Honduras por las fuerzas militares de este país con el apoyo de la CIA, debido a su ideología revolucionaria en favor de los más pobres. En 1989, el jesuita Ignacio Ellacuría y otros cinco religiosos de la Compañía, fueron asesinados por la Fuerza Armada de El Salvador, luego de años de intensa actividad en defensa de los derechos humanos en ese país. En 1997, un jesuita fue golpeado en la India por trabajar con "los intocables", la casta social más baja. Otro jesuita indio fue asesinado a tiros en el 2000. Varios han muerto en guerras civiles en África y el sudeste de Asia, realizando acciones de ayuda social.
La Compañía de Jesús tiene fuertes debates internos, signo visto como fortaleza o debilidad dependiendo de los criterios. En esta línea, el 6 de mayo de 2005 se hizo público el retiro de Thomas Reese, S.J., como editor de América, la prestigiosa revista jesuita de Estados Unidos. La Congregación para la Doctrina de la Fe pidió a la Compañía de Jesús su remoción argumentando que su línea editorial ponía en duda el magisterio de la Iglesia. Y, en marzo de 2007 la Congregación para la Doctrina de la Fe condenó la obra del teólogo salvadoreño, de origen español, Jon Sobrino, uno de los padres de la Teología de la Liberación, porque «sus proposiciones no están en conformidad con la doctrina de la Iglesia», «La medida no puede ser interpretada como una sanción o condena» del teólogo, explicó el portavoz del Vaticano, el sacerdote Federico Lombardi, jesuita como Sobrino, pero sí es un duro golpe para esta teología que sostienen los jesuitas en Latinoamérica.
En un contexto de cambios rápidos y profundos en la sociedad (y por tanto en la Iglesia), y transcurridos doce años desde la CG 34 (1995), los jesuitas consideraron necesario reunir su máximo cuerpo legislativo para responder con «fidelidad creativa» a los nuevos retos. Después de casi veinticinco años en el gobierno (desde 1983), el general de la orden, Peter Hans Kolvenbach, anunció en 2005 su dimisión en carta a todos los jesuitas del mundo porque «hay una situación muy difícil en el cuerpo jesuítico» ya prevista por el fundador, Ignacio de Loyola, que exige la «llamada a capítulo». Kolvenbach convocó la Congregación General 35, que comenzó el 7 de enero de 2008.
La Congregación General es el órgano supremo de gobierno de la Compañía y no se convoca, como en el resto de órdenes, periódicamente sino en caso de muerte del Prepósito General o para tratar de asuntos de especial importancia. Aunque el cargo de Superior General es vitalicio en la Compañía de Jesús, las Constituciones contemplan la posibilidad de renunciar, si el General lo considera conveniente, en conciencia. El P. Kolvenbach, después de obtener el consentimiento del Papa (Benedicto XVI) y escuchar a sus consejeros y provinciales, decidió presentar su renuncia, aduciendo avanzada edad (casi 80 años) y larga duración de su gobierno (casi 25 años). En enero de 2008, durante la CG 35, fue elegido como su sucesor el español P. Adolfo Nicolás (71 años), en la segunda votación.
Algunas personas consideran que los precedentes de la actual situación de la Compañía datan desde mediados de los años 1950 cuando comenzaron a disminuir las vocaciones en Europa. El número de jesuitas ha caído ya por debajo de los 20.000, aumentando la edad promedio a 57 años. En el último cuarto de siglo la disminución del número de miembros ha motivado la unificación de algunas Provincias y el cierre de obras o el traspaso de la dirección de algunas a seglares. En 2007 entraron en la Orden 486 novicios (el 40% de ellos en Asia, destacando especialmente la India). El 1 de enero de 2007 los jesuitas eran 19.216. De ellos, los sacerdotes son 13.491, los escolares (jesuitas preparándose para ser sacerdotes) 3.049, los hermanos (jesuitas no sacerdotes) 1.810 y los novicios 866.

Obras encomendadas en la actualidad
Obras conocidas de la Compañía o encomendadas a los jesuitas son: Radio Vaticana, Observatorio Astronómico Vaticano, el Movimiento de Educación Popular «Fe y Alegría» (en Iberoamérica), Hogar de Cristo (obra social presente en Chile, Perú y Ecuador), Servicio Jesuita a Refugiados, fundado por su anterior General, P. Arrupe, centenares de misiones, parroquias y centros sociales, además de muchos colegios y universidades en los cinco continentes. Además son asesores de una institución laica de derecho pontificio: las Comunidades de Vida Cristiana — CVX con los que comparten la misma espiritualidad.

Denominación y símbolos
A los miembros de esta Orden se les llamó, casi desde sus inicios, «jesuitas». El nombre se empezó a utilizar en Alemania, como le hizo notar Pieter Kanijs (primer jesuita alemán y futuro San Pedro Canisio) a San Ignacio alrededor de 1550, y luego se extendió al resto de Europa. Ignacio de Loyola leyó durante su convalecencia en 1521 muchos libros piadosos, entre ellos la Vida de Cristo del cartujo Ludolfo de Sajonia (fallecido en 1378), que había sido traducido del latín al castellano por el franciscano fray Ambrosio Montesino (Alcalá de Henares, 1502). Ignacio de Loyola llegó a un capítulo que dice así:

¡Jesús, Jesús, cuánto dice un nombre! Este nombre de Cristo es nombre de gracia; mas este nombre de Jesús es nombre de gloria. Por la gracia del bautismo se toma el nombre de cristiano y de la misma manera en la gloria celestial serán llamados los santos, jesuitas, que quiere decir salvados por la virtud del Salvador.
Sin embargo, el término «jesuita», que en su variante peyorativa data de 1544-1552 para referirse a un uso excesivo o una apropiación del nombre de Jesús, a veces con fines no muy rectos, nunca fue usado por Ignacio. Las Constituciones de la SJ (1554) hablan de «los de la Compañía», y la Santa Sede, hasta los años 70, siempre habló de «los religiosos de la Compañía de Jesús». El apelativo «jesuita» les fue aplicado inicialmente a los miembros de la Compañía de modo despectivo, pero con el paso del tiempo fue incorporado benignamente por los miembros y amigos de la Compañía. En Inglaterra solía aludirse a la Compañía como «la Sociedad», debido a su mismo nombre (Societas Iesu).

Según un artículo publicado por el diario español "ABC":
"La palabra "jesuita" no fue inventada, ni mucho menos utilizada, por San Ignacio de Loyola. Tampoco por la Compañía, que no utilizó dicho término en ninguna de sus Constituciones o documentos oficiales desde la aprobación de la orden en 1540 hasta 1975. Según indica el padre Araoz, durante los primeros años de la Compañía a los "seguidores de San Ignacio" se les denominaba de muy distintos modos: "iñiguistas", "papistas", "sacerdotes reformados", "teatinos" o "apóstoles". De hecho, el término "jesuitas" surgió como un modo despectivo de nombrar a los miembros de la congregación recién aprobada por Paulo III, sobre todo en Austria y Alemania, países donde había triunfado la Reforma protestante. Así, en 1545, San Pedro Canisio escribía desde Colonia al beato Pedro Fabro, ambos seguidores de San Ignacio, que "seguimos llevando adelante las obras de nuestro instituto, no obstante la envidia y las injurias de algunos que incluso nos llaman "jesuitas"". Con el transcurrir de los años, la evolución semántica de este término fue derivando hacia tres posibles significados: la atribución a los religiosos de esta orden de fechorías de todo género; como sinónimo de "astuto" e "hipócrita"; o simplemente como un modo coloquial de designarles. Este último sentido, más popular, acabó por imponerse en el mundo católico aunque, como recuerda la Compañía, "no ha sido ni promovido ni deplorado" por la misma. Finalmente, y gracias al impulso de Pedro Arrupe, la XXXII Congregación General utilizó por primera vez, el término "jesuita" en un documento oficial, dando así carta de naturaleza a lo que ya se había convertido en uso común por parte de todos los fieles de la Iglesia." (Diario "ABC", de 5 de Enero de 2008)
El lema de los jesuitas es «Ad maiorem Dei gloriam», también conocido por su abreviatura AMDG. En latín significa literalmente: «A la mayor gloria de Dios».
Las siglas IHS, tradicional monograma de la palabra Jesús (también simplemente IH, como XP lo es de Cristo) fue adoptado en su sello por Ignacio de Loyola, con lo que devino en símbolo de la Compañía.

Carisma
Una de las ideas claves para explicar el ideario ignaciano es su espiritualidad, entendida como una forma concreta de plasmar su seguimiento de Cristo y que fue desarrollada por San Ignacio en el libro de los Ejercicios espirituales y se plasma también a lo largo de las Constituciones de la Compañía, de las cartas del Fundador y otros documentos de los primeros jesuitas (Jerónimo Nadal, Luis González de Cámara, Pedro Fabro, Francisco Xavier...). Se caracteriza, por el deseo expresado por San Ignacio de «buscar y encontrar a Dios en todas las cosas». Esto significa que es una espiritualidad vinculada a la vida, que invita a los que la siguen a levantar la mirada hacia la globalidad, pero aterrizando en lo concreto y lo cercano.
Implica un gran dinamismo, ya que obliga a estar siempre atentos a los nuevos retos y tratar de responder a ellos. Esto ha conducido a los jesuitas a realizar su trabajo, en muchas ocasiones, en las llamadas «fronteras», sean geográficas o culturales. Esta espiritualidad ha impregnado no sólo el estilo de los jesuitas, si no también de otras Congregaciones Religiosas y numerosos grupos de laicos.
El fomento y difusión de esta espiritualidad tiene su eje central en lo que llamamos los Ejercicios espirituales, que son un proceso de experiencia de Dios para buscar, descubrir y seguir su voluntad.

Algunos conceptos centrales de su espiritualidad son:
La Encarnación: Dios no es un ser lejano o pasivo, sino que está actuando en el corazón de la realidad, en el mundo, aquí y ahora; eso es lo que representa la Encarnación de Dios en un ser humano, Jesús de Nazaret. La espiritualidad de Ignacio es activa; es un discernimiento continuo, un conocimiento del Espíritu de Dios actuando en el mundo, en forma de amor y de servicio.
El «tanto cuanto»: El hombre puede utilizar todas las cosas que hay en el mundo tanto cuanto le ayuden para su fin, y de la misma manera apartarse de ellas en cuanto se lo impidan.
La «indiferencia»: La necesidad de ser indiferentes a las cosas del mundo, en el sentido de no condicionar a circunstancias materiales la misión que el hombre tiene en su vida. Es una manera de enfocar los esfuerzos en aquello que es considerado importante y trascendental, distinguiéndolo de aquello que no lo es.
El «magis»: Solamente desear y elegir lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados. Este 'más' (magis en latín) se trata de realizar la misión de la mejor manera posible, exigiendo siempre más, de manera apasionada.

Estructura interna
La Compañía de Jesús está regida por el Padre General, cuyo cargo es vitalicio. Sin embargo, puede renunciar a su cargo, si una causa grave le inhabilita definitivamente para sus tareas de gobierno. En otros casos, como enfermedad o edad avanzada, el General puede nombrarse un Vicario Coadjutor. Pero, por encima de él, la Congregación General, es el órgano supremo de gobierno de la Compañía de Jesús.
Al Prepósito General le ayudan directamente en su tarea, cuatro asistentes Generales (denominados Asistentes ad Providentiam, elegidos por la CG), que tienen por objetivo: atender a la salud y gobierno del Superior General y vigilar su capacidad de gobierno. Además, en la estructura de gobierno de la Compañía, existen: los Asistentes regionales, los Provinciales, los Superiores de Regiones y los Superiores locales. Existen órganos de gobierno que se reúnen periódicamente, como las Congregaciones Provinciales y la Congregación de Procuradores.
El conjunto de las normas y principios que guían la vida de los jesuitas está recogido en las Constituciones de la Compañía, redactadas por San Ignacio de Loyola.
Para facilitar el gobierno, la Orden está dividida en sectores geográficos o lingüísticos llamados asistencias (actualmente son nueve) y, dentro de cada una de ellas, en Provincias que suman un total de 65.
 

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